Puede decirse que son
innumerables los estudios y análisis sobre las funciones que ha cumplido el
deporte desde el punto de vista de la socialización de los individuos y de la
manera en que en éste se reproducen las formas de organización y los valores
sociales, habiéndose realizado tales estudios y análisis desde diferentes
perspectivas disciplinares e ideológicas. El propósito de este apartado es el
de realizar un breve acercamiento a este tema con el objeto de exponer a
grandes rasgos algunas de tales funciones que ha llevado a cabo el deporte
desde sus inicios, funciones que no pueden ser ignoradas o asumidas de manera
acrítica cuando se trata de comprender el proceso que ha dado lugar a que el
deporte se haya convertido en un fenómeno sociocultural de primera magnitud,
especialmente cuando ello se hace con finalidades educativas.
Como se ha ido exponiendo
anteriormente, puede decirse que desde su aparición el deporte moderno ha
incorporado, de manera más o menos intencionada, funciones de socialización y
de reproducción de la ideología dominante, primero entre las propias élites
sociales y posteriormente entre la clase trabajadora. En efecto, según se ha
señalado, en sus orígenes el deporte moderno fue concebido como una práctica de
clase distintiva y exclusiva, de carácter recreativo y dotada de un marco ético
de conducta adecuado al contexto moral y a las necesidades ideológicas y
socio-políticas de las clases dominantes. Así, por ejemplo, a partir de la
reglamentación -cada vez más minuciosa- conque se fue dotando a cada modalidad
deportiva, el énfasis que se hizo en cuestiones morales tales como la
importancia de respetar las reglas de juego y las decisiones de los jueces, el
deber de aceptar con cierta distancia emocional el éxito o la derrota, lo
incorrecto de aprovechar deslealmente situaciones momentáneas de clara desventaja
del adversario..., dio lugar a auténticos códigos de conducta que si bien
caracterizaron a la práctica de los nuevos deportes, también sirvieron para
distinguir lo que debía ser el comportamiento de un auténtico caballero.
Seguramente, como expone Elias (1992:39 y ss.), la asunción y propagación de
tales códigos de conducta a través de los nuevos deportes debió de ejercer una
función ideológica y pacificadora muy importante y útil en el proceso
civilizador de una Inglaterra sacudida a lo largo del siglo XVII por grandes
tensiones y violentas revueltas sociales.

Asimismo, como indican algunos
autores (Bordieu, 1993:71; Barbero González, 1993:14 y ss.; Dunning, 259...),
la forma en que se concibió, desarrolló y difundió el deporte en las Publics
Schools constituyó una poderosa forma de introducir determinados valores y
actitudes entre los hijos de las elites sociales destinados a ocupar en el
futuro importantes puestos dirigentes del país. Para Bordieu (1993:65), incluso
dentro de estas escuelas los valores asociados al deporte (instrucción,
carácter, fuerza de voluntad...) eran más y mejor considerados que los
estrictamente escolásticos (inteligencia, cultura, educación...), y servían
para distanciar y desprestigiar a éstos últimos, más propios de otras
fracciones de la clase dominante o de otra clase (como los grupos intelectuales
de la pequeña burguesía o los hijos de los profesores).
Por otra parte, también se ha de
tener en cuenta el hecho igualmente apuntado de que la organización y
desarrollo del deporte moderno se realizó a través de los clubs, asociaciones
exclusivas surgidas en el siglo XVIII a partir del derecho de los caballeros a
reunirse libremente (Elias, 1992:53). En el marco de estas asociaciones tuvo
lugar la regulación de la práctica deportiva en un ámbito supralocal,
organizando competiciones, constituyendo comités para la creación y
modificación de las reglas, estableciendo organismos de supervisión para el
cumplimiento de las mismas, designando árbitros y jueces..., hasta llegar a la
integración de los clubes en niveles superiores de organización de ámbito
nacional (Elias, 1992:54). Esta forma de desarrollo permitió un control total
sobre el modo y la forma en que la actividad deportiva debía llevarse a cabo,
incorporando, lógicamente, los valores, actitudes y estilos de vida de las
elites sociales que presidían y formaban parte de dichos clubes y que
contemplaban o participaban en el desarrollo de las competiciones.
En este sentido, no parecen
existir dudas sobre el hecho de que en su fase inicial el deporte moderno no
estaba al alcance de todas las clases sociales, sino que se constituyó como una
actividad modelada para satisfacer las necesidades de entretenimiento y mejora
físico-psíquica de las clases altas (Cazorla Prieto, 1979:144). Tampoco parece
haberlas sobre la idea de que la práctica deportiva y el desarrollo del deporte
contribuyeron en dicho periodo a la reproducción del orden social y de la
ideología dominante, aún cuando determinadas manifestaciones deportivas llegaran
también hasta la pequeña burguesía.
Es posteriormente, cuando el
deporte comienza a extenderse y a profesionalizarse nutriéndose de las capas
sociales medias y bajas de la población, a lo largo del desarrollo industrial,
cuando las clases más poderosas económica y socialmente no sólo trataron de
establecer, como ya se ha señalado, un espacio restringido de práctica
deportiva de alto nivel bajo la forma de deporte amateur, con un código de
valores, actitudes y conductas específico, sino que también abandonaron las
modalidades deportivas abrazadas por los trabajadores refugiándose en otras
(golf, polo, tenis, hípica...) cuyos requerimientos para la práctica de las
mismas fueran prácticamente insuperables para los miembros de las clases
trabajadoras (Bordieu, 1993:79) y permitieran conservar y reproducir los
códigos de conducta y estilos de vida propios de su clase.
Desde otra perspectiva, uno de
los aspectos donde se puede apreciar con mayor claridad el modo en el que el
deporte ha actuado y actúa como un instrumento de reproducción ideológica es el
de la relación entre la mujer y el deporte. Puede afirmarse rotundamente que el
deporte moderno surgió, se organizó, se desarrolló y se difundió como una
práctica exclusivamente masculina. De hecho, la exaltación de la
"virilidad", la "hombría", el "coraje", y el
"carácter", como aspectos propios de la práctica deportiva, ha
determinado que tales aspectos constituyan las características más valoradas en
el deporte desde sus orígenes, y su manifestación una de las cualidades más
apreciadas de los deportistas. Por ello mismo, también puede decirse que el
deporte ha sido y es, en palabras de Hargreaves (1993:123) "... una
fuente importante de discriminación sexual y el deportista es el foco simbólico
del poder masculino".
En términos generales puede
decirse que la histórica existencia y persistencia de esta segregación de la
mujer en el deporte se ha basado en las creencias y discursos tradicionales
sobre el papel social de las mujeres orientado al matrimonio y a la maternidad,
así como sobre los valores, actitudes y modos de conducta que son propios del
sexo femenino, radicalmente opuestos a los que debían caracterizar a la
actividad deportiva. Pero además, desde el terreno específico de la práctica del
deporte también se han esgrimido otros argumentos como, por ejemplo, la
pretendida inferioridad biológica7, la esencialmente diferente
psicología femenina -que refuerza la idea del deporte como dominio
"natural" de los hombres-, y los supuestos peligros para la
maternidad que pueden derivarse de una actividad física intensa (Hargreaves,
1993:122,129). Desde esta perspectiva, uno de los aspectos que más llaman la
atención lo constituye el que, como expone Hargreaves (1993:115 y ss), estos
discursos-ideas han sido asumidos e interiorizados por la inmensa mayoría de
las propias mujeres de manera acrítica, contribuyendo así ellas mismas al
mantenimiento y reproducción de la ideología que subyace en tales discursos y
de su hegemonía a lo largo del tiempo.
Si bien, como consecuencia de la
revolución y desarrollo industrial y de la lucha por la liberación de la mujer
que tuvo lugar de forma paralela en dicho proceso, pueden encontrarse casos de
participación femenina en el deporte a finales del siglo XIX y principios del
XX, no es hasta mediados de dicho siglo cuando la participación deportiva de
las mujeres comienza a incrementarse de manera significativa, acelerándose en
los últimos tiempos. No obstante, esta integración no puede considerarse de
manera igualitaria en relación con su equivalente masculino ni cuantitativa ni
cualitativamente, por lo que tampoco puede decirse que la segregación femenina
en el deporte haya desaparecido, siendo, más bien, una forma de segregación más
sutil y más acorde con los tiempos.

En efecto, la incorporación de
la mujer a la práctica deportiva tuvo lugar inicialmente en las modalidades que
podían ser más apropiadas a su "especial" naturaleza biológica y
psicológica (patinaje, tenis, esquí...) para posteriormente irse ampliando con
otras del mismo tipo, llegando a crearse modalidades exclusivamente femeninas
(como es el caso de la gimnasia rítmica y de la natación sincronizada). La
mayor parte de tales modalidades fueron dando lugar a una forma de práctica
deportiva en la que el elemento estético tenía una gran importancia, en la que
se reforzaban los aspectos más característicos de lo que se ha llamado
"feminidad" (flexibilidad, gracia, equilibrio, coordinación...) y,
sobre todo, en la que no existía una confrontación directa con contacto físico
entre las participantes. Aunque en la actualidad la participación deportiva
femenina se extiende a modalidades muy distintas a las expuestas en el párrafo
anterior, todavía el deporte constituye un instrumento que cumple funciones de segregación
y de reproducción ideológica en este sentido.
Respecto a las relaciones entre
el deporte y el mundo del trabajo, tal y como se ha venido exponiendo, el
desarrollo y difusión del deporte se encuentra muy vinculado al proceso de
industrialización que tuvo lugar en Europa y en los Estados Unidos, sobre todo
a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, y a todo lo que él implicó
(urbanización, transporte, medios de comunicación...). En lo que se refiere al
acceso de la clase trabajadora a la práctica deportiva, éste comienza a
producirse según van mejorando sus condiciones laborales y su bienestar
económico. En este sentido conviene tener en cuenta que, como apunta Cazorla
Prieto (1979:144), la expansión industrial tuvo lugar a expensas de los trabajadores
-entre los que se contaban las mujeres y los niños- que tuvieron que soportar
jornadas de trabajo excesivamente duras y de larga duración, lo que no
proporcionaba, precisamente, unas condiciones favorables para que éstos
pudieran sentirse atraídos por la práctica de los nuevos deportes.